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Jameson y los modelos de causalidad

La teoría del inconsciente político de Jameson supone un intento de comprender el significado de los textos. Buena parte de la teoría literaria contemporánea arrumba la idea de la existencia de un significado oculto o, incluso, la existencia de marcos de más calidad con los que leer las producciones ideológicas, simbólicas, literarias, etc. La mayoría de esos trabajos tenían como objetivo crítico el marxismo. Evidentemente, según los contextos disciplinares los resultados son más o menos valiosos y según las épocas más o menos pertinentes. Hoy es una ideología completamente escolástica y academicista cuya fenomenología está por hacer, así como el desentrañamiento de su significado político. Una cosa es exigir el análisis de un material sin disolverlo en categorías previas y otra la ilusión de que la sociología es sociografía –para eso mejor la novela realista-, la historia recopilación de datos (Ortega tenía su chiste cuando decía que la bulimia archivística era un lujo absurdo) o el análisis literario una paráfrasis condimentada de juicios dogmáticos sobre lo bello.

Jameson se confronta con el modelo epistemológico de Louis Althusser, sin duda, el marxismo más crítico del determinismo vulgar. Althusser consideró que los modelos de causalidad utilizados por el marxismo tenían el pecado, bien del determinismo vulgar (causalidad bola de billar), bien del hegelianismo. Althusser defiende la causalidad estructural, y con ello realiza tres operaciones. La primera, filosófica, consiste en salir del dilema exterior/interior. La causa no es más que sus efectos. La segunda, abrir el camino a la investigación concreta: exigir que se distingan los distintos niveles de una realidad y la articulación entre ellos. El programa más ambicioso en esa dirección lo ha desarrollado, con una profundidad ajena al althusserismo, Bourdieu (en España, la teoría del inconsciente ideológico de Juan Carlos Rodríguez es otra posibilidad analítica poderosa). La tercera operación es política y consiste, como ve bien Jameson, en oponerse al estalinismo.

Pero volvamos al autor que nos ocupa. La posición de Jameson es que es posible dar un lugar en la explicación social a la causalidad mecanicista o expresiva. La primera nos indica cómo ciertas causas producen efectos en ámbitos distintos. Por ejemplo, la política editorial cambia la forma de las novelas o, por poner un ejemplo actual, la cuantofrenia dominante en la evaluación en Humanidades y ciencias sociales puede acabar con la composición de libros y convertir a los universitarios en productores de papers que, si quieren pasar las evaluaciones, deben acomodarse a los gustos hegemónicos entre los evaluadores.

Jameson señala que las causas económicas tienen efectos en las formas simbólicas y que necesitamos distinguirlas. Cuando se leen los textos sin tenerlas en cuentas se mistifica como un proceso intelectual lo que sólo es la respuesta a una exigencia económica. Sí y no, cabe decir. Por un lado, es evidente que los considerandos económicos y carrerísticos funcionan tanto en El corte inglés como entre los aspirantes a ser reseñados en Babelia. Por otro lado, ninguna producción es tan simple como para no tenermás motivación que la económica o la institucional. La solución práctica de Bourdieu (lecturas bajas de lo alto, y altas de lo bajo) permite como opción hermenéutica mejores resultados.

La causalidad expresiva se convierte en un obstáculo sólo cuando se lee la historia como la repetición siempre de una misma esencia. Jameson no ve manera alguna de pensar la historia sin rescribirla a partir de un sistema de categorías. Jameson analiza el sistema medieval de escritura de la tradición católica y, siguiendo a Henri de Lubac, distingue cuatro niveles en un texto: el literal, la alegoría (que permite la reescritura del texto), la moral (que analiza el valor del texto en la experiencia individual) y la política (que estudia los efectos del texto en la movilización). Jameson considera que ese sistema de preguntas continúa siendo útil. Cuando leemos un texto como tipificación de categorías políticas o de clase (causalidad expresiva) sólo hacemos algo evidente: intentar situar la experiencia de los autores en un universo ideológico sociopolítico y la de los lectores en un marco de decodificación marcado por nuestra ideología social. No hay dice Jameson más que la posibilidad de construirnos narraciones (literales, alegóricas, morales y políticas) para acceder a la realidad. Me parece que lleva razón.

La única objeción que cabe hacer a esto, ya se conoce: ¿en qué consisten los niveles de lo político en los distintos campos? ¿La política de un escritor se lee como la de un funcionario de partido? Jameson es demasiado fino en sus análisis, pero lo grotesco abunda en la crítica ideológica de la literatura. Si Vázquez Montalbán quería exponer una mirada marxista, ¿por qué un detective privado? ¿por qué no las aventuras de Sánchez Bolín (MVM) sencillamente? La reconstrucción del campo literario con sus reglas, en suma, la contextualización de los efectos complejos de la ideología en cada nivel sigue siendo básica. Jameson se enfrenta a esta cuestión con una lectura del problema de la homología entre niveles. En el próximo comentario.


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